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Veinte años de pateras y naufragios. Por cientos de miles se cuentan los inmigrados, la  mayoría marroquí, el 90% de origen bereber. Se calcula en más de ocho mil los ahogados en el cementerio marino del estrecho. Veinte años de cadáveres llamando en silencio a las puertas de nuestras casas de las playas de Cádiz. Veinte años de fronteras estatales inhumanas y leyes deshumanizadas. Veinte años de iniciativas solidarias de la humanitaria gente gaditana.

La patera de Rota

Como viene sucediendo desde hace dos décadas, según se constata en los legajos judiciales, la noche del viernes 24 de octubre de 2003, un numeroso grupo de inmigrantes embarcó a una patera en un lugar sin nombre de la costa marroquí entre Asilah y Larache. Llevaban días hacinados en una casa de Tánger a la espera de que se decidiera el paso del estrecho. Cada uno había pagado 2000 euros a la mafia organizadora de la travesía. Eran más de 45 los que se amontonaban en una embarcación de apenas 8 metros de eslora y dos de manga.
La noche quiso ser dura y la mar amarga. Los dos patrones daban órdenes: nadie debía moverse, todos debían permanecer agachados y en silencio. El viento se presentó sin clemencia. El motor fuera borda apenas podía con su propio peso. No tardó el agua en cubrir los pies de los tripulantes, la achicaban como podían con cubos pequeños. Se presentía el hundimiento.
Continuó la penosa singladura y el sábado día 25 de octubre se desencadenó el temporal, las tormentas y la marejada demostraron sus fuerzas desatadas. Resistieron hasta llegar a la Bahía de Cádiz. Eran las siete de la tarde y estaban frente las costas de Rota. Ya no podían más. Estaban a punto de zozobrar y fueron avistados por el capitán de un mercante fondeado en la bahía, quien dio la voz de alerta a Salvamento Marítimo mientras se aprestaba para el rescate. Las olas acercaron el bote hasta el buque. Cuando los inmigrantes vieron las escalas, los chalecos y los flotadores levantaron sus manos haciendo señales, pero los patrones de la patera se negaron a recibir el auxilio y pusieron rumbo a la costa muriese quien muriese.
Perdidos de vista, media hora después, una ola volcó la patera. Nadie llevaba chalecos salvavidas, saber nadar de poco servía. Unos pocos consiguieron subirse a la lancha volcada. Vino otra ola y se los llevó. Las olas no quisieron parar y el mar siguió ahogando uno por uno a los náufragos. Sólo cinco se salvaron, entre ellos los dos apertrechados patrones. Dos horas después aparecían los restos de la patera en la playa de Arroyo Hondo, junto al del Hotel Playa de la Luz.
En los días siguientes la marea fue devolviendo a cuenta gotas los cadáveres de 37 de los náufragos y los repartió por las playas de toda la bahía. El elevado número y el estado de descomposición que presentaban los cuerpos hizo que todo el mundo se estremeciera. Los medios de comunicación mostraron imágenes terribles. Y como viene sucediendo desde hace veinte años, se organizaron manifestaciones de protesta y homenajes con rosas arrojadas al mar; hubo denuncias de todo tipo contra toda clase de supuestos responsables y -como siempre- cualquiera que pudiera parecerlo se eximió de su responsabilidad. Dicen que hasta la Base Naval de Rota llegó la información alertando de lo que estaba pasando; lo cierto es que nadie ordenó mover un solo dedo de auxilio y nunca sabremos si ello hubiera servido de algo.

El despertar de la conciencia

Quedó en la Bahía el sentimiento de que algo había que hacer. Un día, tras un homenaje habido en la playa del Buzo de El Puerto de Santa María, alguien miró mar adentro y se dijo: allende el mar vinieron, allá debieron quedar sus familiares y amigos, vayamos a buscarles y démosle nuestro pésame, ofrezcámonos para lo que puedan necesitar.
Se trataba de una iniciativa de “Noviolencia Activa-Grupo Gandhi” de Rota. Un periodista de El País informó que muchos de los fallecidos procedían de un mismo lugar: una pequeña aldea del Atlas Medio de Marruecos llamada Hansala. Y allá que vecinos de distintas localidades de la Bahía se dirigieron por propia cuenta y riesgo para abrazar a una gente pobre, bereber, que habita en pequeñas casas dispersas por laderas de montañas, donde no hay luz, agua corriente ni carretera y que lo único que pidieron fue la devolución de los cadáveres de sus seres queridos.
Son más de cien personas las que han viajado en catorce ocasiones hasta Hansala. Cada uno paga su viaje de su bolsillo y la ayuda que prestan también la dan de sus propios recursos, compartir es su filosofía. Hansala les despertó la conciencia y nos enseñó a todos el camino de la solidaridad.

Solidaridad Directa

Las reglas de la cooperación internacional exigieron que esta iniciativa solidaria espontánea de la gente de la Bahía tuviera que formalizarse en una asociación solidaria, que lejos de ser otra Ong más es un Proyecto de Participación Social llamado Solidaridad Directa. La labor realizada por las más de doscientas personas que hasta ahora han colaborado en sus actividades se ha centrado en constituir en Marruecos la Asociación para el Progreso y la Cultura (Hansala) y en España la Asociación de Inmigrantes de Hansala.
A partir de ahí se ha construido un dispensario médico con su correspondiente dotación de material sanitario, se ha construido una aula escolar con todo su mobiliario, se les ha dotado de placas solares, se ha becado a todos los niños y niñas en edad escolar, se ha suministrado ayuda a los familiares de los fallecidos y a las familias más humildes de Hansala (desde la construcción de una casa para la viuda de uno de los náufragos hasta la compra de ganado para gente sin recursos de ningún tipo).
Toda esta labor llevada a cabo en dos años ha sido posible gracias al trabajo voluntario prestado por los integrantes de la Asociación de Hansala, el esfuerzo desinteresado y los recursos económicos de todos los participadores sociales de Solidaridad Directa y la colaboración decidida del Área de Bienestar Social del Ayuntamiento de Rota y el Área de Solidaridad Internacional de la Diputación de Cádiz.

Hansala en el corazón

Terminada nuestra tarea solidaria en Marruecos, permanecerán siempre en nuestra memoria las vidas perdidas en el paso de la frontera del Estrecho. Se quedan eternamente en nuestros corazones los amigos que encontramos en las montañas bereberes del Atlas Medio, del mismo modo que sabemos que nosotros estamos en los corazones de una gente que sin tener nada todo nos lo ofrecieron. Solidaridad no fue la que llevamos sino la que entre todos aprendimos y ellos nos dieron.
La patera de Rota abrió caminos que nunca ya se cerrarán. Continúan las fronteras de los estados y las alambradas de la ley, pero en el corazón de la gente sencilla de uno y otro lado del Estrecho sólo gobierna el apoyo mutuo y la libertad.
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DEL NAUFRAGIO A LA SOLIDARIDAD

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